Elliot es un joven con un incierto pasado bohemio que regresa a la tierra de sus padres, White Lake, para ayudarles a levantar su negocio: un pequeño motel condenado a desaparecer. En principio sus ideas modernas no funcionan muy bien con la nula dinámica del establecimiento, pero un arrebato le llevará a convertir el rincón de sus padres e incluso el pueblo entero en el centro del Universo durante tres días.
Ang Lee da la vuelta a la cinta y a la historia, que muchos conocemos gracias al filme de Michael Wadleigh, sobre el festival de música más importante del siglo XX. Y lo hace contándonos algo que nada tiene que ver con los artistas que allí se dieron cita, ni con los más de medio millón de jóvenes que allí se congregaron para darse un viaje en el más amplio de los sentidos. El taiwanés construye una película hablando de su organización y de las pequeñas desventuras que albergaron los que menos se esperaban tener algo así tan cerca.
Este cambio de perspectiva le ha valido al director no pocas críticas de aquellos que auguraban una mayor presencia del fenómeno cultural que supuso Woodstock. Un acontecimiento irrepetible en términos de asistencia, potencia y calado de los temas que se interpretaron allí o el misticismo de la experiencia para una generación que nació y murió en aquellos prados, más adelante barrizales, varias veces en un larguísimo fin de semana. Hubiera sido optar por la vía más condescendiente pero la empresa habría acabado siendo inviable por presupuesto y además, porque no hay necesidad de reflejar algo que ya se pudo ver en total intensidad con “Woodstock: 3 días de paz y música”.
En “Taking Woodstock” el relato se centra en la progresiva dominación de los ideales sobre la idea de negocio desde la que se gestó el festival. Un espectáculo que, pese a negociaciones sobre precios y hombres encorbatados buscando la mayor rentabilidad a su inversión cultural, acabó yéndosele de las manos a todo el mundo para transformarse en un ente vivo; el corazón de un movimiento humano quizá errado desde la base, pero hermoso mientras hubo fe en la victoria del amor sobre el resto de fuerzas del universo. Una idea que, mediante desvaríos visuales creados por el cada vez más notable estudio yU+co, cobra total sentido al ritmo del precioso folk psicodélico de Love; una de las escenas, por otra parte, más despegadas de la propia dinámica del filme.
Porque quizás ese es su principal problema. Para un mensaje tan profundo como el que descansa en la película, sorprende la levedad con la que Ang Lee lo ha transmitido. En la práctica, “Taking Woodstock” se muestra torpe en el arranque y justo cuando comienza a despertar nos topamos con un desfile de personajes y situaciones, simpáticos y despreocupados eso sí, pero con poco empaque y algo desaprovechados. Destacar en todo caso a la histriónica madre del protagonista y a un irreconocible Liev Schreiber como ex-marine guardaespaldas travestido dando el punto almovodariano al argumento.
Aunque realmente cuenta con pasajes destacables (como el citado viaje de ácido o la secuencia a lo largo de una cabalgata de hippies camino del festival) y el resto se deja ver sin aburrimiento, da la impresión de película fallida que acaba igual que empieza. Porque como los restos del festival recogidos por los voluntarios, todos se retraen para ser los mismos y regresan a su pasado, de bohemia o de austeridad, sin percibir muchos cambios. Puede que en eso consistiera Woodstock, en el canto de cisne de un fenómeno que no se volvería a repetir, pero para un servidor que sabe que jamás lo podrá vivir, esta película es como mirar un día soleado tras un cristal lleno de polvo. En definitiva, un merecido visionado con un mensaje positivo, pero sin mayor perspectiva del profundo encanto de Woodstock’69.






















La Biblia Intermitente es un blog/e-zine de periodicidad nula en el que, desde la perturbada visión de su creador (no hay más que ver el retrato arriba expuesto), se explica y analiza todo lo que le llega a través de sus sentidos. 




