La Biblia Intermitente

17 Julio 2009

Primavera Sound: Sábado

Ni habíamos entrado al recinto y ya se respiraba el fin del Primavera Sound. La gente se agolpaba en la L4 como si se fuera a acabar el mundo, con su mezcla heterogénea de pulseras de plástico color diarrea insana y de hilo negro con el VIP del prestigio bordado. Ya no había stands que nos ofrecieran probar una muestra de agua anaranjada, a velocidad express pues no se admitían botellas con tapón en el recinto. Ni si quiera había rastro de los lateros más madrugadores, de los que te ofrecen orina carbonatada recién miccionada y envasada para consumo de sobremesa. Éramos mierda aquel último día. Y había que echar el resto en el Fòrum.

Tarjetas de acceso en mano y sin necesidad de contener mucho nuestros instintos consumistas, nos dirigimos al escenario Pitchfork donde tenía lugar la apertura local de la jornada por The Lions Constellation. De camino encontramos a Jason Molina, en atuendo de albañil veraniego, pantalón corto y sandalias, devorando un bocadillo de procedencia sospechosa mientras ojeaba la escasa oferta musical de la hora de la siesta. Es la magia de esas horas impropias en las que uno no sabe hacer cola para el Auditori; los famosos saben que para destacar tienen esos minutos valiosos antes de la masificación, en los que poder lucirse.

El grupo de Vilanova estuvo bastante competente en su actuación, más que Extraperlo el día anterior; a mismas horas aunque cada uno en su estilo. Para quienes no hayan escuchado algo de TLC, su Myspace tiene material de sobra para saber qué hacían precisamente en esa edición: con referentes como The Jesus & Mary Chain, Spacemen 3 o My Bloody Valentine su elección era más que un acierto una cuestión de principios. Despejando con ruido el asueto del público allí presente, pudimos disfrutar de una horita corta creciente, con sus últimos temas bastante rompedores en el escenario, donde parece que están más cómodos incluso que grabando.

The Lions Constellation

Seguimos el cuajarón de modernos al escenario ATP donde Ariel Pink se disponía a desgranar sus bizarradas. Extrañamente o no, las canciones que allí sonaron no despertaban demasiado interés, eran como un chiste contado a destiempo, y solo vimos pequeños grupúsculos de individuos que parecían realmente estar disfrutando bajo el implacable sol de las cinco del espectáculo del andrógino. Porque es así: cuando le prestas más atención a las pintas del cantante (no eran precisamente discretas) y las de sus admiradores, algo está fallando o tu cabeza aún no riega bien por las altas temperaturas. Y es una pena porque está constrastado por sus últimos trabajos que tenía hits para llenar la hora de show sin problemas, pero no rindieron en la práctica.

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El siguiente concierto fue una pequeña y agradable revelación: Shearwater. Compuesto por ex-miembros de Okkervil River como Jonathan Meilburg, presentaron su disco del año pasado “Rook“, injustamente ignorado en la valoración de 2008 y que compensa con excelencia la fuerza y los momentos más delicados, y al que hace mucho bien la voz de Meilburg y la capacidad de multi-instrumentistas de sus componentes. Así fue también en el espectáculo que ofrecieron, donde aparte de hacer lucir en directo temas como “Century Eyes” o “Leviathan, Bound” con la ayuda de Thor Harris (al que apodamos “el vikingo”) dieron alguna lección que otra de español a los foráneos. Parece ser que su líder sabe más de esta lengua que muchos de los que la han mamado aquí desde pequeños.

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Con el sol pegando más tiempo del necesario tomé rumbo en solitario hacia The Jayhawks, a quienes no quería perderme. “Hollywood Town Hall” es uno de mis discos de rock americano recientes por definición y si acompañaban con otros éxitos de su carrera, que no son pocos, ya me podían hacer feliz durante un buen rato. Mucha gente se presentó ante el Estrella Damm considerando la banda de Mark Olson como un entremés de lo que iba a ser el espectáculo de Neil Young. Es una manera de verse, pero lo cierto es que se les puede respetar ya de por sí como una de las grandes bandas que han venido a este festival y en su concierto supieron estar a la altura de un escenario principal sin complicaciones. Sonaron cálidos muchos de sus éxitos, con un tramo final en el que destacó uno de sus himnos principales, “Blue“. Muchos tienen que aprovechar que han vuelto para echar la vista atrás y tomar nota.

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En una posición lejana, con vistas a tomar el avituallamiento previo al tito Neil, estuvimos escuchando algo del concierto de Herman Düne. A decir verdad, salvando algunos de sus temas con más cuerpo de “Next Year In Zion” y contados clásicos, no le vimos demasiado gancho al duo en el escenario Rockdelux. Tampoco se entiende el lío con su presencia o no, pero era algo que desconocíamos antes de verlos en directo. Parece que al contrario que sus compañeros habituales de escena, estos dos hermanos no corren la misma suerte en directo que en el excelente disco que nos dejaron el año pasado. Lo más interesante del concierto, sin duda, en el siguiente vídeo:

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“Qué monos los niños cuando no son tuyos”, piensan en el corrillo.

Caía el sol ya cuando el festival se transformó durante casi dos horas en un concierto único. Los grupos dejaron de tocar (se les acabó el tiempo) y todo el público fue atraído en masa al escenario principal donde Neil Young iba a pisar tarima barcelonesa veintidós años después. En realidad hay muchas más cifras y más datos en medio como para aburrir, pero lo importante fue lo bien que nos lo pasamos por dos motivos: uno era escuchar las bufonadas acerca de la edad del artista, que el año que viene si hay suerte celebrará sus Bodas de Oro profesionales. El otro era comprobar cómo esas mismas bocas se cerraban segundos después de comenzar el show ante el apabullante derroche de fuerza que hizo este grande entre los grandes.

Ha pasado mucho tiempo desde que gente con peluca y sombrero de paja tecleaba un PT-1 al ritmo de “When You Dance I Can Really Love”, de que personas vestidas de teléfono móvil paseaban por la playa con su música de fondo. Muchos años, muchas cosas. Así que el tenerlo aunque fuera a docenas de metros de distancia era el cierre de un ciclo, sin duda. Y espero que fuera igual para al menos un pellizco de la inmensa cantidad de gente que se reunió allí, más que toda la que había pasado por cada edición del festival junta.

Inició con “Mansion on the Hill“, avisando que aquella noche la guitarra eléctrica iba a ser protagonista. Confirmó con “Hey Hey, My My” y fue encadenando temas clásicos sin apenas fijarse en que tiene un disco enfriándose en las estanterías. De todo su repertorio sólo “Spirit Road” y “Get Behind the Wheel” pertenecen a discos suyos de los últimos 15 años. Como si no hubiese hecho nada desde su última visita a la ciudad condal, pero realmente con todo lo que tiene para ofrecer en estos casi cincuenta años de profesión qué mejor forma de agradar a un público que en su mayoría no le ha visto tocar en directo nunca.

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Inmensas sonaron “Cortez The Killer” y “Cinnamon Girl“, y fue con “Mother Earth” cuando decidió parar un poquito el incansable brinco que se trae cuando trata a su guitarra, dotando de más emoción a la segunda parte. Brillaron “The Neddle And The Damage Done“, “Heart Of Gold” y “Down By The River” entre otras en esta sección más acústica. Finalmente trajo de nuevo la fuerza al escenario con “Rockin’ in the Free World” para levantar los miles de brazos del público. En un escueto bis acabó con su tradicional versión de “A Day In The Life” como despedida. Un concierto corto, sobre todo si hacemos caso a los rumores previos que afirmaban que subiría de las dos horas. Pero para sacarle los colores al tito Neil hay que tirar de los números y como ya he dicho, las cifras son lo de menos.

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Dolorosísima elección que nos dejaba el final del concierto grande del festival. ¿Quién iba a tener el complicado papel de continuar la velada? ¿Los arrebatadores desvaríos de Angus Andrew y su banda, Liars? ¿O el calculado rock que nos hace levitar con Deerhunter? Tras unos primeros minutos del trío de “Drum’s Not Dead”, hubimos de decantarnos por los aún no iniciados Deerhunter y su doble álbum de fantasía que nos agradó el último tramo de 2008. Hablar de los personajes pastilleros que nos procuraron empeorar lo más posible la experiencia es un recurso fácil así que vayamos a lo musical. Estaba claro que iban a exprimir al máximo los dos discos que les han convertido en centros de la escena alternativa, así que salvando “Cryptograms“, “Hazel St.” y “Octet” (dicho sea de paso, lo poco destacable del álbum predecesor) compensaron muy bien y eligieron los temas más roqueros de su último lanzamiento. Se vivieron grandes momentos con “Nothing Ever Happened“, “Never Stops” y “Calvary Scars” cerrando el repertorio; daba la impresión de que querían quedarse más rato tocando pero la agenda mandaba y los siguientes eran un referente que no podíamos descartar.

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Sonic Youth aparecieron con gran pirotecnia en un concierto muy criticado y no sé por qué. Parece como si todos los que estuvieran allí los vieran por primera vez y al darse esa circunstancia estuvieran obligados a dar un recital de grandes éxitos. Es una estupidez dado que visitan el Primavera Sound relativamente a menudo y tienen un estupendo último disco “The Eternal” de hace pocos meses. Así pues, ninguna queja: dando carrerazas por el recinto con “‘Cross The Breeze” o flipando con la contundencia de “What We Know“, estos veteranos supieron sacarnos la vida que ya no teníamos a esas horas. Personalmente si hacen un concierto con canciones desde álbum “Sonic Nurse” yo encantado, porque para mí no fallan una desde ese disco…

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Penúltimo concierto y con las piernas hechas migas, un paso por la experiencia truchona de Simian Mobile Disco. Realmente no soy animal de pista de baile así que me abstuve de serpentear al ritmo de “Hustler” o “Simple“, pero no niego que me deje llevar en otras circunstancias. Mucho más dignos en su labor que Aphex Twin 48 horas antes, llevaron el ciclo interminable de subidas y bajadas con un componente de luces muy bien coordinado. En resumen, una movida sensorial de búsqueda perpetua del ritmo definitivo. Muy bien.

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Y para cerrar ya a deshoras nada mejor que tomarse los churros con los Black Lips, la banda que según la prensa y la organización llevaban liándola todo el festival con trifulcas y borracheras pero que a la hora de la verdad llegaron, vieron y vencieron. Nos faltó ver los primeros temas, entre ellos el irresistible “O Katrina” pero cayeron bastantes de su último disco y otros temazos: “Bad Kids”, “Hippie, Hippie, Hoorrah”, “Drugs” o “Cold Hands” cantados por borrachos para borrachos, todos unidos por un deplorable estado mental que llevó a desnudos dentro y fuera del escenario. Nosotros disfrutábamos a partes iguales entre música y guiris vomitando con la mirada perdida en los puestos de conos de pizza o más allá.

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Así fue el fin de fiesta, de festival. Como habréis podido leer si tenéis agallas, ha habido de todo: desconocidos, descubrimientos, decepciones, desvergonzados, grandes directos, muchos tipos de conciertos y de momentos. Realmente os recomiendo el Primavera Sound para el siguiente año a los que os apetezca ir a un festival para lo primordial: la música. Además se ha visto caminando al fantasma de Thom Yorke… ¿querrá decir algo para la próxima edición?

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palabra de visualmethod el 17 Julio 2009 @ 20:01

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